Blog personal de Diego de Haller
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Esos amigos peludos

Tito

Siempre he tenido algún animal en casa o he estado rodeado de animales. Cuando veníamos a Suiza de vacaciones, siempre me escapaba a una granja que había al lado de casa para ver las vacas, darles de comer hierba, o estar con los gatos que siempre rondaban por ahí.

En casa recuerdo haber tenido un perro pequeñajo, que nos encontramos abandonado y que yo insistí en que se quedara en casa. Lo malo es que al día siguiente se escapó, o eso me dijo mi padre, jeje. Más adelante tuvimos otra perrita que esta vez se quedó mucho tiempo, 12 años, y era muy lista y muy buena. Llegó a casa porque un día siguió a mi hermano cuando volvía de casa de un amigo. Estaba escuálida, enferma, con frío y falta de cariño. Nosotros le dimos todo eso y ella nos lo devolvió con mucho más. Fiel y muy paciente, recuerdo que con mis sobrinos, sobre todo con mi sobrina, no se movía cuando le ponía cojines y trapos hasta taparla completamente. Jamás mordía, ni ladraba, salvo cuando veía un gato. Era ver uno, y todo el mundo a su alrededor desaparecía y se dedicaba a perseguirle. Nunca los cogía, por suerte para ellos.

Después de esta perrita, que tuvimos que sacrificar debido a un cáncer que la dejó sin siquiera poder andar, decidimos no tener más animales. Fue muy duro, recuerdo que cuando se durmió, ahí estaba yo con unos 19 años llorando desconsoladamente. Tantas experiencias pasadas con ella y que jamás se repetirían. Por eso decidimos no tener otro. Hasta que pasaron 4 o 5 meses y llegó la segunda perrita. Esta no era abandonada, y nació de una camada de una séter inglés cruzada con un braco. Estaba muy loca, se ponía muy contenta cuando venía alguien a casa o no paraba de correr y saltar. Los últimos años que vivió no fueron todo lo buenos que yo hubiese querido. En esos años yo trabajaba mucho, disponía de poco tiempo y la pobre estaba sola casi siempre. Por eso, cuando murió, esta vez sí que fue la definitiva: no habría más perros en casa.

Fijaos que dije perros, porque hace unos 6 años, llegó a casa Tito, un gato que acogimos a través de unos amigos veterinarios. El pobre llegó a la clínica con hipotermia y muy enfermo, y se salvó por los pelos. Desde entonces, ha estado siempre con nosotros. Incluso fue el primero a venirse a vivir conmigo en Suiza, antes de que llegaran Olga y Carla. Es un gato del que siempre digo que es más perro que gato: cuando comes, te pide comida como si se tratara de lo más importante en el mundo. Llegas a casa y te saluda y pide una chuche, y ahora que Carla sabe donde están, siempre anda detrás de ella para que le dé.

Con Carla se porta genial, muy paciente a pesar de que ella no es todo lo delicada que debiera y jamás le ha hecho nada, ni un movimiento que pudiera indicar que la fuera a atacar. Lo más, irse cuando ya le estaba molestando.

Tito y Carla

Hace un par semanas el pobre se puso malito. Estuvo un día entero vomitando y no comía nada, así que le llevamos al veterinario. Inicialmente parecía que tuviera un objeto o algo que bloqueara el intestino, así que le operaron para ver lo que era y quitárselo. Resultó que no había nada, tan solo mucho gas que hizo que se le inflamara parte del aparato digestivo. Con la operación, el bloqueo que tenía se subsanó y poco a poco ha vuelto a comer y a recuperar peso. Al principio parecía que no salía adelante, y hasta en casa nos planteamos sacrificarlo para que no sufriera, porque estuvo un día que ni se movía ni nada. Por suerte, a base de insistir con un gel alimenticio, conseguimos que fuera alimentándose y cogiendo fuerzas.

Hoy ya le han quitado los puntos de la operación y se puede decir que está recuperado. Un buen susto que nos ha dado. Y todo esto me lleva a lo que quería decir: el concepto de animal de compañía no me parece adecuado. No es solo eso, es un miembro más de la familia, que siempre está ahí y que es fiel hasta el final. Está claro que no puedes tener una conversación con ellos, pero muchas veces no es eso lo que necesitas.

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