La historia del pasaporte

Bueno, para mis fieles lectores, he aquí la primera deuda que tenía con vosotros. Advierto que los hechos que aquí cuento son del todo reales, no son exagerados ni inventados. Segundo advierto, esto que cuento aquí es largo de narices, así que os quejéis luego :-P. Dicho esto, añadir, ya sin coñas, que no pasó nada del otro mundo, si dejamos de lado el hecho que es algo muy del otro mundo el tener que estar a las 3:00 de la mañana haciendo cola para sacarte el pasaporte. Me parece lamentable. Ahora sí que empiezo.

Un sonido estridente y desagradable me saca de mi apacible sueño, a las 2:15 en punto. Vaya, al final sólo he dormido poco más de dos horas. Siempre me acuerdo de la familia del despertador marca Roadstar (sí, a parte de radios hacían despertadores, y muy efectivos a la par que molestos) y luego caigo que el pobre no tiene familia. Que se joda, que me despierta todas las mañanas.

Después de la ducha de rigor, no ya por higiene si no para tratar de despertarme un poco, me visto y hale, a la moto. Son las 2:35 de la madrugada y no han mucho tráfico. Tiro por la M-40 camino de Pozuelo. Podría decir que una ligera brisa fresca me daba en la cara, pero de fresca nada, que para ser casi las 3 la temperatura era más bien alta, unos 25 ºC. Es lo que tiene el verano en Madrid.

Llegó a las 3:00 a la comisaría, dejo la moto en el aparcamiento (sí, la comisaría de Pozuelo tiene aparcamiento) y me voy hacia la entrada pensando: ¡qué bien, soy el primero! Claro, que ese pensamiento dura poco en cuanto me encuentro a gente delante y pido la vez. Ya éramos 15 esperando. ¡Quince! Y son las tres de la mañana. A los dos minutos llega mi novia y empezamos a sacar los bártulos: que si la tumbona, que si la silla, que si las mantas, que si los cojines. Vamos, que parecíamos los típicos que van a una playa todo equipados. Nos faltaba la sombrilla, que me dio algo de corte llevarla, la verdad ;-). Yo pensé que íbamos a ser los únicos que llegaran yan preparados, pero no, para nada. La gente ahí sabía a lo que iba, así que no iban a escatimar en medios. Y mucho menos nosotros.

Organizamos los turnos para la tumbona, cual campamento militar. Empiezo yo y ella se va al coche y cada hora reunión de status y relevo. Así fueron pasando las horas, hasta que a las 6:00 de la mañana éramos ya 77 esperando. No es que me pusiera a contarlos, no. Lo sé porque había una señora que llegó a eso de las 4:40 y se lió a dar numeritos para saber cuántos éramos, y así poder saber quién se iba a quedar fuera, ya que el número de pasaportes que se hacían al día estaba limitado. Pero si a las 6:00 éramos 77, a las 7:00 éramos 93 y a las 8:00 ya 112. Al final hubo unos cuantos que se quedaron fuera. Claro, pensarían que llegando un par de horas antes de las 9:00 sería suficiente. Eso igual en un país normal, pero aquí, ni de coña.

Pasadas las 8:00 de la mañana, un policía recorría la cola para tomar nota de cuántos íbamos a ser, y así poder mandar para casa a los que llegaron tarde. «Lo siento, es que está limitado a 90 ó 95. Venga mañana un poco antes», les decía. Ya, seguro que llegamos un poco antes entran… Lo que digo, lamentable.

Así que nada, al final, después de todo, el madrugón mereció la pena. A las 9:30 salíamos con nuestro resguardo para el pasaporte (para recoger unos días después). El resto del día se me hizo eterno, pero luego a la noche pillé el sofá con un gusto…

Recomendaciones para el pasaporte: no esperéis al último momento para tenerlo, que luego pasa lo que pasa.

¡Saludos!

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